
Puerca Pibil nació en las calles de Polanco con una cochinita que huele a Yucatán y te persigue días después. Creció rápido, casi sin darse cuenta, y la marca pidió orden, rumbo y una piel que aguantara la expansión sin perder su alma popular. Redibujamos todo: tipografías con carácter, colores sacados del achiote y el maíz, un sistema visual que respira barrio, humor y autenticidad. La identidad quedó viva, flexible, capaz de moverse del empaque a la fachada sin romper el ritmo. Y funcionó. La marca se volvió más reconocible, más coherente y más lista para abrir puertas nuevas sin perder su voz. Una identidad con olor a fuego lento y energía de calle, hecha para durar.













